George Tsakraklides, 28 de Agosto de 2026. (Publicado originalmente en https://georgetsakraklides.substack.com/)

Hace tres años escribí «La máquina de la infelicidad» como preludio a la latente psiconomía necrocapitalista algorítmica: un sistema de mercado impecable e infalible que acabaría por reemplazar a la sociedad por completo. A este proceso de involución social lo llamé «supermercantilización». Respaldado por algoritmos por doquier, este sistema ya está aquí. Y luce más aterrador que nunca.
La economía se aprovecha de nuestros instintos de supervivencia para convertirnos en consumistas inseguros: la supervivencia ya no se trata de subsistencia, sino de mantenerse al día con la guerra psicológica que despliegan las campañas publicitarias. Pero cuanto más nos definimos por lo que poseemos, más nos posee este sistema.
Nuestra autoestima ya no proviene del respeto propio, sino de nuestro acceso a las marcas. Ya no somos simplemente habitantes de una triste distopía. Ahora somos objetos dentro de ella, porque hemos sido poseídos: nuestra propia identidad ha sido entregada a corporaciones que se ofrecen a vendernosla de vuelta a cambio de una comisión. Son estas marcas las que ahora deciden si somos felices o no, y qué debemos comprar para sentirnos mejor con nosotros mismos. Cuanto más insatisfechos nos hace la Máquina de la Infelicidad, más esclavizados nos volvemos al consumismo. Liberarse de los productos es la única manera para que un consumidor comience a recuperar su soberanía de este necrosistema de marcas. Puede que no haya zapatos ni ropa elegantes fuera de la prisión del consumismo, pero el consumista puede caminar con la cabeza bien alta. Para algunos, incluso puede ser la primera vez en su vida que lo logran. Pero gradualmente pueden volver a ser humanos.
El necrocapitalismo ha estado empujando a la sociedad hacia la supermercadoización durante más de 100 años: mientras que los consumidores solían ejercer poder mediante el uso de su dinero, ahora se han convertido en la moneda a través de la cual las marcas y las corporaciones ejercen su control. El capitalismo tardío termina llenando hasta el último hueco de explotación: evoluciona de un sistema que explota recursos a uno que convierte a los propios humanos en mercancías. Todo lo que el capitalismo le hace a la naturaleza, finalmente se lo hace a los humanos. Al igual que el petróleo, el agua y la caza, los datos personales se cazan, se extraen, se intercambian y se venden al mejor postor. Hemos sido degradados de seres humanos a mercancías y de formas de vida a conjuntos de datos en la mayor estafa de todos los tiempos. Ahora somos los productos del supermercado que todos ayudamos a construir. Eso no es una civilización, sino la forma más grotesca de autocanibalización.
El papel del consumidor ya no es consumir, sino ser un producto de rápida rotación en manos de las corporaciones tecnológicas. Nuestros datos personales se extraen, se comercializan, se venden y se compran varias veces al día por plataformas sociales, agentes de IA y oligarcas. Ya no somos seres humanos, sino consumitrones con una triple tarea: trabajar para el necrosistema, comprar productos y producir una huella de datos monetizable que entrene a las formas de vida de IA que nos reemplazarán. Para la psiconomía digital, no estamos hechos de carne y hueso, sino de paquetes de datos: esto es todo lo que el sistema ve en nosotros.
Era inevitable que la mayor víctima del capitalismo tardío fuera de nuestra brújula moral: porque una vez que los seres humanos se convierten en mercancías, el genocidio deja de ser un crimen para convertirse en una inversión comercial.



